En una granítica montaña bañada por el sol poniente, junto a la afamada fuente del Hierro, de Bronchales, hay una acaverna llamada la cueva del Dragón. Nadie sabe dónde tiene su fin la famosa gruta, aunque las gentes aseguran que tiene otra boca en los bosques de las cercanías de Orihuela del Tremedal.

Y cuentan que en tiempos muy remotos vivía en esta cueva un terrible dragón. Nadie supo de dónde vino, ni cuál fué su origen; pero es lo cierto que tenía amedrantados a los sencillos habitantes de Bronchales.

Al atardecer, cuando el sol empezaba su descenso hacia las montañas de Castilla, el dragón salía de su madriguera, con su cabeza descomunal y su larga cola, reptando por el monte, rompiendo a su paso los bajos arbustos y produciendo un ruido como de chasquidos metálicos al chocar con las piedras rodadas del borde de los caminos. Su visión producía espanto. Mas no era esto lo más grave, sino que tenía tal poder fascinador en sus ojos encendidos como brasas, que con sólo mirar adormecía y privaba del sentido a cuantos con él cruzaban su mirada. Así, las pobres mujercicas que por la tarde lavaban en el pequeño arroyuelo de la fuente del Hierro, más de una vez quedaron aletargadas al conjuro poderoso de la mirada del drragón. Y luego éste tomaba cuanto de comestible hallaba a su paso, y aún se dice que se complacía en beber el lácteo nectar de las mueres que amamantaban. Otras veces, el sencillo pastor se vió sorprendido por el dragón en medio del bosque, y quedó como muerto hasta que la fiera le tomó su frugal merienda. El dragón, sin embargo, nunca hizo otro mal a persona alguna; respetaba la vida de todos, aun la de las más tiernas criaturas.

Pero Bronchales vivía días de singular turbación. Ya nadie se atrevía a salir del pueblo: niel pastor, ni el labriego, ni el caminante…

Por eso, reunido el Concejo y los hombres buenos, pasaron largas horas pensando y discutiendo cómo podrían librarse de tan molesto enemigo.

Unos decían que convenía cerrar la entrada de la cueva con gruesas piedras; otros , que martarlo a flechazos…; pero todo ofrecía grandes dificultades. Por fin se recurrió a un sencillo y eficaz procedimiento: durante varios días, y dominando grandes temores, los vecinos de Bronchales fueron acumulando cantidades ingentes de pinos secos de los montes cercanos. Luego trasladaron toda aquella leña a las proximidades de la cueva fatídica, formando en torno a ella un gran circulo, le prendieron fuego en colosal hoguera.

Protegidos por la gran muralla de fuego, los hombres armados esperaron la hora del atardecer, en que el dragón acostumbraba a salir de su mistoriosa madriguera. Y, en efecto, el dragón salió. A través de la cortina de llamas y de humo, los hombres lo contemplaron con horror pero los ojos de la bestia habían perdido su fulgor alucinante. Quiso dar un salto y atravesar la inmensa hoguera. Elevó su cuerpo cuanto pudo, pero, despues de dar un coletazo terrible sobre las rocas desnudas, volvió a penetrar en la cueva con evidentes señales de ira y desesperación. Todo su poder había sido vencido por los sencillos leñadores de Bronchales.

La hoguera siguió encendida toda la noche. Entre los bosques vecinos, las ráfagas de luz rojiza simulaban espectros fugitivos que iban a ocultarse en la espesura. Los hombres velaron alimentando el fuego constantemente. Pero el dragón ya no se vió jamás. Sin duda, por las cavidades subterráneas de su morada, buscó otra salida y se internó en las montañas de Castilla, donde los pastores de la tierra nos podrían contar alguna otra aventura del dragón famoso de la cueva de Bronchales.

José M. Vilar Pacheco